Otro amigo mío era el primero teniente de infantería Yadol.lah Hemmat.zade. Primero le condenaron a cadena perpetua, sin embargo
después de tres meses le fusilaron.
El Pececito Negro se sacrifica para que los demás peces no corran la misma suerte que sus antepasados. En el
momento de emprender su periplo hacia el destierro - el Pececito Negro - dice a su madre: “¡Mamá!, Por mí no
llores, llora por esos viejos, gordos, torpes e inútiles peces que no han aprendido nada en la vida”.
A El Pececito Negro la muerte no le importa, lo importante es que su muerte de qué manera puede influir en la vida
de los demás. Él mismo dice: “La muerte, en cualquier momento y con mucha holgura puede hallarme; pero mientras
yo pueda estar vivo y seguir adelante, no debo darle la bienvenida. Si me encuentro con ella cara a cara - que por
cierto me encontraré algún día - no me importará; lo importante es el efecto que mi vida o muerte puede hacer
mella en la vida de los demás”.
También así fue la vida y muerte de Samad Behrangui, un joven maestro en una aldea de Azerbaiyán - el creador de
El Pececito Negro. SAVAK (la policía secreta del Shah de Irán) ni le permitía a Samad dar clases a los niños mayores
de nueve años, ni consentía que él impartiera clases en las escuelas de las ciudades grandes. Hasta que un día se
dieron cuenta de que Samad, con sus cuentos y relatos; no solamente había arado las aldeas de Azerbaiyán, sino
los desiertos más allá de las fronteras y había sembrado en ellas las semillas de esperanza y la libertad.
En el mes de octubre de 1969 aparecía una escueta nota en la prensa estatal de Irán que se leía: “Por no saber
nadar, el maestro azerí Samad Behrangui, se ahogó en un río”. Acababa de cumplir 31 años. Según los rumores que
entonces circulaban boca a boca; los agentes de la SAVAK le arrojaron al río Arax y empezaron a disparar por
encima de su cabeza; hasta que él no pudo salir del agua y se unió a la eternidad.
En el año que El Pececito Negro vio la luz por vez primera, corrían otros tiempos y los ideales eran distintos que los
de hoy. Unos querían seguir el camino de Che Guevara. Otros se sentían orgullosos de reanudar las pautas marcadas
por un general, pero yo seguí los pasos de El Pececito Negro y vine a España.
El Pececito Negro, está traducido a muchas lenguas del mundo, y fue mi primera traducción del persa a español.
Apenas llevaba seis meses en Madrid cuando lo traduje. Este relato se publicó por la primera vez en España en el
“Diario de Cuenca”
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Rassoul Pedram